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EL VIAJE

Nos llegó otro cuento de nuestra escritora y colaboradora Julieta D. En esta oportunidad nos regala un poco de suspenso… que lo disfruten.

EL VIAJE

Aunque estoy satisfecho, hay algo que no deja de perturbarme.

    Cumplí de forma metódica y eficiente como es mi costumbre. Fui preparado para hacerlo de esa manera, como un autómata, sin involucrarme con nadie. Me lo dijo una de las primeras veces que lo vi, “Esto no es para cualquiera” y así lo entendí. Hace años ya de aquel momento y desde ese entonces nunca le fallé. Hoy tampoco. Pero algo me molesta.

Observo a la gente que pasea por el lugar. Son todos tan parecidos, patéticos y predecibles. Frágiles, llenos de dudas y temores.

Dos jubilados, vestidos como si aún fuesen pulcros oficinistas, charlan animadamente mientras, de vez en cuando, alimentan a las palomas que revolotean a su alrededor. Por momentos discuten, uno de ellos no para de hacer frenéticos ademanes. El otro parece no entenderlo. Esperan el día de su encuentro con la ansiedad del que se sabe olvidado por todos, menos por ellos mismos. La rutinaria soledad cala hondo en su viejo espíritu. Si supieran que ésta será la última vez que se verán.

Más allá, un grupo de adolescentes toman cerveza al amparo de la sombra del sauce. Con la idiotez propia de su edad, ríen por cualquier cosa y se burlan de todos los que pasan por ahí. Uno de ellos no disfruta de eso, pero igual lo consiente. El miedo a no ser aceptado es más grande que su dignidad.

Un joven está apoyado contra el monumento de mármol blanco, en el centro de la plaza. Del bolsillo de su harapiento pantalón saca las monedas que juntó en la mañana y las cuenta. Aunque escasas, le servirán para comprar el más barato de los vinos en el kiosco de la esquina, e intentar escapar de la deprimente realidad que le inunda el alma.

En una ocasión él lo mencionó, “no necesitás agudizar mucho tus sentidos para adivinar sus actos, son todos hechos con el mismo molde”, recuerdo que en esa oportunidad no le creí. Pero ya en mi primera salida lo pude corroborar. Por casi dos horas, desde que estoy sentado en este frío banco, aislado en medio de la plaza, he podido descifrar cada uno de sus movimientos. Puedo sonar arrogante, pero percibo sus sentimientos, frustraciones, alegrías y también las tristezas, como si fueran transparentes. Pero ni esa dulce satisfacción logra calmar este descontento, esta desconocida inquietud.

Aún creo escucharla a lo lejos. Pareciera que su garganta se desgarra ante cada nuevo grito de dolor. Toda la compostura, esa que paseaba apenas una hora atrás, se desvaneció en un segundo.

Llegaron después de la una de la tarde, como casi todos los días. El crío, feliz, apenas podía sujetar la pelota con su pequeña mano. Viven en un despojado y miserable departamento interno a dos cuadras de acá. Se reencuentran al mediodía, cuando lo pasa a buscar por el jardín luego de su primer turno en el trabajo y antes de volver, en pocas horas, al segundo. Ella siente que estos momentos, fuera de ese aire viciado de encierro y paredes salpicadas de humedad, son oasis donde ambos se recrean. El niño, persiguiendo la pelota en incansables corridas y la madre, disfruta viéndolo reír a carcajadas.

Pasaron caminando, tomados de la mano mientras cantaban alguna de esas absurdas canciones que enseñan las maestras jardineras. Se quedaron cerca del arenero, ella se sentó al abrigo del sol mientras el crío iba y venía, alejándose cada vez un poco más. A lo mejor si no hubiese llegado con tanta anticipación no me sentiría así. Algo me afectó, tal vez fue el observarlos demasiado tiempo y ver como ella lo acariciaba cada vez que el pequeño volvía cansado a su regazo. Sus brazos lo rodeaban con tanto amor y calidez que lo harían sentir que estaba en el lugar más seguro del mundo. Por un instante lo envidié.

No me fui difícil elegir el momento.Sólo tuve que esperar a que llegara. La paciencia es una mis tantas virtudes. Todo se hilvanó a la perfección. Esta vez la pelota rodaba lejos, fuera de la vista de la mamá. Y él la persiguió. Todavía lo recuerdo, parado a la orilla de la vereda, siguiéndola con la mirada. Yo la detuve en medio de la calle. El levantó la vista y me vio. Estoy seguro de eso, durante unos segundos él pudo verme. Sus inocentes ojos, llenos de un brillo que yo jamás había visto, se cruzaron con mis frías cuencas carentes de sentimiento alguno. Nunca antes tuve la certeza de que alguien supiera porque yo estaba ahí. Por alguna extraña razón, él lo supo y pareció no importarle. Al contrario, antes de venir corriendo a buscar su pelota, me dedicó una ancha sonrisa que desparramó sus infinitas pecas.

Yo miré hacia mi izquierda, el auto gris, a toda velocidad, acababa de pasar el semáforo en rojo. En cuestión de segundos estaría ahí. Me agaché y abrí los brazos, esperando su diminuto cuerpo para abrazarlo. Nuestro viaje estaba por comenzar.

El estrépito de la frenada seguido del golpe seco del choque brotaron rápidamente colmando todo el ambiente. Después, por interminables segundos, el silencio lo envolvió todo. Y enseguida los gritos lacerados de ella, corriendo al agónico encuentro. Pero nosotros ya no estábamos ahí.

Cuando regresé minutos más tarde, me senté a contemplar la escena desde el mismo banco, ajeno a todo lo que sucedía en medio de la calle. Ni la sirena lograba acallar su llanto. Su cara, cada vez más desfigurada por la congoja.

Observo mi reloj, son casi las dos de la tarde. No sé por qué sigo acá si ya terminé con lo mío. No puedo evitar sentirme torpe, inmovilizado. Ya es momento de irme. Él debe estar esperándome. Querrá saber cómo estuvo mi salida.

Julieta D.

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